Catequesis / formación

La sexualidad ordenada por Dios

 

En las Sagradas Escrituras leemos que después del sueño en el que Dios sumerge a Adán, éste despierta y encuentra frente a sí a otro. Este otro no es como él a primera vista, no luce físicamente como él. Adán al verle por primera vez “se deslumbra”. La belleza de ese otro, es decir, la mujer -viene a llenar- su gran soledad, puede comunicarse con ella de igual a igual. Eva no es físicamente igual a él, pero Adán se da cuenta que internamente ella también es persona como él, es decir, un ser de naturaleza espiritual, personal. Adán se encuentra así con el sentido de ser varón y Eva sabe estar hecha para amar. Para amar a su varón, el Adán de Dios (Génesis, 1:26). Estamos frente a la primera historia de amor y matrimonio de la humanidad.

{jcomments on}Dios es Dios, para Él, quien todo lo sabe y puede, era sencillo dejar un sólo sexo, el masculino. Sin embargo, Dios crea a ambos a su imagen y semejanza, varón y mujer los creó, los hizo diferentes. ¿Por qué quiso Dios que esto fuera así? Sin duda alguna para que por medio de su sexualidad como varón y mujer, se reconocieran diferentes pero iguales en cuanto a personas y formaran aquello que humaniza a la persona: la familia.

Profundizando un poco más, varón y mujer son un espíritu encarnado, esto quiere decir que la persona no es de naturaleza totalmente material ni espiritual, sino más bien un compuesto de ambos.

Querido lector, la complementariedad es lo que da paso al amor humano, al trabajo en equipo, a la puesta en acción de facultades humanas y espirituales que complementan al uno con el otro, al varón y a la mujer. La diferencia sexual, no sólo a nivel biológico, sino físico, psicológico y espiritual explicado por Juan Pablo II en la Teología del cuerpo abre paso a un destino único en común, un destino que nada tiene que ver con la forma en que los animales se reproducen. El milagro de la procreación en el hombre no se reduce a simple genitalidad como en los animales, varón y mujer entran en la vida íntima de Dios y colaboran con Él en la creación de vidas humanas por medio de la unión de la carne que es unión en las almas. Hombre y mujer cuando se entregan en ese acto unitivo y único, al unir sus vidas en matrimonio saben que están amando, saben que son personas, saben que son partícipes del amor de Dios y que tienen la capacidad de engendrar para perpetuar la imagen divina, pues hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios como mujer y hombre (Gn 1, 27).

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