Evangelización / misión

Calidad en la Misión

Nos encontramos llamados aquí para reflexionar, de manera más precisa que genérica, sobre la misión, en nuestra calidad de responsables (o de corresponsables, según la nueva terminología) de la misión.

Hemos oído, y estamos fundamentalmente de acuerdo, que la misión es la tarea principal de la Iglesia, que existe para evangelizar, que la pastoral misionera debe impregnar todas y cada una de las actividades que la Iglesia lleva a cabo. Es verdad. Y nos preocupamos por ello. Nos duele constatar que tantas veces no es así, y que la misión evangelizadora de la Iglesia se reduzca, tantas veces, a una pastoral de mantenimiento, en la que la urgencia de lo inmediato impide la dedicación a lo fundamental.

Por otra parte, podemos constatar cómo esto nos afecta también a nosotros: no somos inmunes a un clima, a un ambiente que reduce la misión, en el mejor de los casos, a algo extraordinario, es decir, fuera de lo común, en la pastoral ordinaria de nuestra Iglesia: serán las campañas de recogida de fondos o celebraciones de envío (cuando esto es verdaderamente un acto eclesial).


Hablamos, pues, de espiritualidad apostólica. Pero ¿qué espiritualidad para qué misión?

¿Qué hacer? ¿Cómo hacerlo? ¿Quién enseña? Una primera respuesta, que debe llegar a ser convicción profunda, es que el único Maestro puede serlo solo Dios. Él, el Señor, su Espíritu, Jesús… son ellos los que tengo que contemplar para saber a qué me tengo que atener.


Vemos a JESÚS
Separados de mí, no podéis hacer nada
Por ellos me consagro
Los mismos sentimientos que Cristo Jesús

Y a PABLO
La caridad de Cristo nos apremia
Quisiera yo ser anatema de Cristo
No vivo yo, es Cristo quien vive en mí
Vida como libación
Vida ya dada
Consideraos como lo que sois: muertos para el mundo y vivos en Cristo Jesús
Habéis muerto con Cristo y ya no os pertenecéis
Me hago todo a todos para ganar a algunos

Parto, pues, del amor que Dios me tiene.
Y parto, me muevo, por el amor a los que Dios me envía.

Somos llamados, constituidos y enviados.
Como los discípulos, vamos por cuenta de otro.

¿Qué tienes que no hayas recibido?
Hemos hecho lo que teníamos que hacer… siervos inútiles somos.

Arraigados y edificados en Cristo.
Cristo es mi felicidad. En la fragilidad. Tesoros en vasijas de barro.

Llévame donde los hombres necesiten tus palabras

Volver al amor primero: no tanto “lo de antes”: es lo primero en la escala de valores


Lo que no puede faltar:
Escuchar la vos de Dios, que me llama a estar con Él y me envía (Jn 5, 17: siempre al trabajo, siempre llamando:
- en los momentos de desánimo
- en los momentos de alegría y gozo
- en los momentos de eficacia
- en los momentos en que todos dicen lo contrario
- en los momentos en lo que todo en mí dice lo contrario
La evidencia de mi falta de preparación
La evidencia de mi pecado
de mi debilidad
o de mi fragilidad
- en los momentos en que quisiera gritar: manda a otro

VACÍO DE MÍ MISMO (KÉNOSIS)
PLENAMENTE INSTRUMENTO EN LAS MANOS DE DIOS
Hasta que Dios sea todo en mí
[sólo el Señor es mi heredad]
Cuando no puedo nada, entonces lo puedo todo


Supone ponerse, estar, vivir, permanecer siempre en esa escuela de formación que me capacita (que me va capacitando, dejándome capacitar, recibiendo la capacitación), para transmitir lo que, a mi vez, recibo.

Encontramos aquí lo que me parece que es fundamental en lo que es la llamada recibida. No podemos dejar nuestro lugar de discípulos, de quien sabe que “su vivir es Cristo, como dice Pablo: «…con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí. No tengo por inútil la gracia de Dios…» (Gal 2, 19-21). Esto es permanecer en Él, instalarse en Él, echar raíces en Él, que es sumergirse en Él. Aquí está la necesidad de la prudencia de poner los medios, la sensatez de custodiar tanto cuanto el Señor nos da dado… Tenemos un tesoro. El tesoro de su Presencia, de su Palabra, de su compañía. No lo podemos profanar. Es el tesoro de la sangre y del Cuerpo de Cristo. (Y no es algo que todavía tengamos que esperar).

Misionero: enraizado en Cristo, en quien permanece. Vivir “en” otra cosa, es vivir “dislocado”. Es vivir de manera traumática, fuera de lugar, de sitio. Es vivir violentamente “contra natura”.

El misionero debe tener la convicción, recibida, pero personal, fundamental, de que la mejor misión es el propio proceso de configuración personal con Cristo. Configuración a Él, al Señor. ¿Por qué? Porque con la configuración a Él, el Señor concede al misionero, le “pasa” todas las gracias y todas las facultades; pues doctrina de fe es que si Dios llama, da todos los medios y las capacidades.

No hay vocación, llamada, que no conlleve al mismo tiempo e inseparablemente todos los medios necesarios para realizar hasta la perfección tal llamada: «Con Él, hemos recibido todas las cosas» (Rm 8, 32). No es misión que normalmente se hace por propia iniciativa…

Por lo tanto: Dios me capacita (2Cor 3, 5; Ef 4, 12)

  •    Dios da la capacidad para la transmisión.
  •    Dios da la capacidad para la misericordia vivida, para dar la vida, para inmolarla en sacrificio. De hacer de la propia carne carne santa para la vida del mundo. Es decir, de hacer de la propia carne carne santificadora, que puede transformar la carne, la vida de los otros, como Jesús transformó y curó la mujer enferma de flujo de sangre, que quedó curada con sólo tocarle el manto (Mc 5, 25-34).
  •    Dios da la capacidad para vivir sólo para Él, aplicando en Él toda la mente, el corazón y las fuerzas.
  •    Dios da la capacidad de amar a las personas a las que soy enviado de manera personal y concreta, como a mí mismo. Y esto no como un mandamiento, sino como expresión vital y espontánea del propio ser lo que soy, es decir, lo que Dios me ha llamado a ser.
  •    Dios da la capacidad de acoger a quien traiciona, como Cristo acogió a Pedro después de las negaciones, constituyéndole Cabeza del Colegio apostólico.

La vocación a la misión significa un servicio en favor de la vida eterna de las personas a las que es enviado, para que se dispongan a dejar que Cristo con-forme su vida. Pero el misionero no podrá darlo que no tiene. {jcomments on}

Misión significa transmisión de un amor personal a Cristo, impulso al enamoramiento no celoso del Señor que por cada uno de nosotros ha dado la propia vida.

¿Qué hacer, pues? La misión implica dejarse formar, dejarse guiar por el Espíritu Santo. Este es el punto de partida.

* * *

Hablamos de “espiritualidad apostólica”, por lo que es fundamental que veamos la acción del Espíritu Santo en los apóstoles que Jesús personalmente ha formado.

Podemos ver cómo todo parte de la conciencia que Jesús tenía de sí mismo. Cuando los discípulos le buscan, después de una larga jornada de actividad, lo vemos en el capítulo 1 de Marcos, Jesús responde: “Vayamos a los pueblos cercanos a anunciar el mensaje también allí. Para esto he venido” (Mc 1, 38) en Lc 4, 43 precisa: “Para esto he sido enviado”. En Jn 8, 42 Jesús mismo indica quién le ha enviado: “Yo he venido de Dios y estoy aquí enviado por Él. No he venido por mi propia cuenta, sino que él me ha enviado”.

En Lucas vemos cómo el Espíritu Santo guía a Jesús en todas sus actividades.

Esto constituye el modelo de nuestra misión y del espíritu que la debe guiar.

Partiendo de la conciencia de que yo, cada uno de nosotros, somos enviados. En español castizo podríamos decir de cada uno de nosotros: «Soy un “mandado”». He sido enviado: “Id a todo el mundo”.

La carta a los CORINTIOS nos muestra la heredad del discípulo: los sufrimientos propios del apóstol.

1 Corintios 4, 9-13: 9 Porque pienso que a nosotros, los apóstoles, Dios nos ha asignado el último lugar, como condenados a muerte, puestos a modo de espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres.
10 Nosotros, necios por seguir a Cristo; vosotros, sabios en Cristo. Débiles nosotros; mas vosotros, fuertes. Vosotros llenos de gloria; mas nosotros, despreciados.
11 Hasta el presente, pasamos hambre, sed, desnudez. Somos abofeteados, y andamos errantes.
12 Nos fatigamos trabajando con nuestras manos. Si nos insultan, bendecimos. Si nos persiguen, lo soportamos.
13 Si nos difaman, respondemos con bondad. Hemos venido a ser, hasta ahora, como la basura del mundo y el desecho de todos.


2 Corintios 4, 5-12: 5 No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús.
6 Pues el mismo Dios que dijo: De las tinieblas brille la luz, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo.
7 Pero llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros.
8 Atribulados en todo, mas no aplastados; perplejos, mas no desesperados;
9 perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados.
10 Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.
11 Pues, aunque vivimos, nos vemos continuamente entregados a la muerte por causa de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.
12 De modo que la muerte actúa en nosotros, mas en vosotros la vida.


2 Corintios 6, 3-10: 3 A nadie damos ocasión alguna de tropiezo, para que no se haga mofa del ministerio,
4 antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios: con mucha constancia en tribulaciones, necesidades, angustias;
5 en azotes, cárceles, sediciones; en fatigas, desvelos, ayunos;
6 en pureza, ciencia, paciencia, bondad; en el Espíritu Santo, en caridad sincera,
7 en la palabra de verdad, en el poder de Dios; mediante las armas de la justicia: las de la derecha y las de la izquierda;
8 en gloria e ignominia, en calumnia y en buena fama; tenidos por impostores, siendo veraces;
9 como desconocidos, aunque bien conocidos; como quienes están a la muerte, pero vivos; como castigados, aunque no condenados a muerte;
10 como tristes, pero siempre alegres; como pobres, aunque enriquecemos a muchos; como quienes nada tienen, aunque todo lo poseemos.


2 Corintios 11, 22-30: 22 ¿Que son hebreos? También yo lo soy. ¿Que son israelitas? ¡También yo! ¿Son descendencia de Abraham? ¡También yo!
23 ¿Ministros de Cristo? – ¡Digo una locura! – ¡Yo más que ellos! Más en trabajos; más en cárceles; muchísimo más en azotes; en peligros de muerte, muchas veces.
24 Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno.
25 Tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé en el abismo.
26 Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos;
27 trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez.
28 Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias.
29 ¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién sufre escándalo sin que yo me abrase?
30 Si hay que gloriarse, en mi flaqueza me gloriaré.


Pero hay algo que está a la base de todo esto: responde al mandamiento del Señor: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes […] enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20). Los discípulos: es algo que hay que “hacer”. El problema es que no se hacen en una fábrica. Tampoco artesanalmente. El discípulo se engendra. Necesita entrañas de misericordia que el misionero sólo en Dios puede encontrar, y en su imagen. «No os escribo estas cosas para avergonzaros, sino más bien para amonestaros como a hijos míos queridos. Pues aunque hayáis tenido 10.000 pedagogos en Cristo, no habéis tenido muchos padres. He sido yo quien, por el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús. Os ruego, pues, que seáis mis imitadores. Por esto mismo os he enviado a Timoteo, hijo mío querido y fiel en el Señor; él os recordará mis normas de conducta en Cristo, conforme enseño por doquier en todas las Iglesias (1 Cor 4, 14-17). «¡Hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros. Quisiera hallarme ahora en medio de vosotros para poder acomodar el tono de mi voz, pues no sé cómo habérmelas con vosotros» (Gal 4, 19-20). Dando la vida: (2Cor 12, 14-15a): “Me interesáis vosotros, no vuestro dinero. Después de todo, a los padres corresponde ahorrar para los hijos, y no al revés. Gastaré, pues, cuanto tenga y me desgastaré yo mismo por vosotros”.

En definitiva la Misión es una dedicación al Amor y para el Amor que es Dios. Y exige todo lo que somos.

«No quieres sacrificios ni ofrendas,
Y, en cambio, me has formado un cuerpo;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: “Aquí estoy
-como está escrito en mi libro-
para hacer tu voluntad.
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas» (Sal 39/40, 7-9).

Salmo 40, 12: “Tú Señor, no me cierres tus entrañas”.

Pero el Señor vuelve la petición hacia nosotros: tú no me cierres tus entrañas. Déjame entrar en ti y hacer de ti mi morada. Haz de tu mente, de tu corazón, de tu cuerpo todo, de todo lo que eres, casa donde pueda preparar mi Pascua, casa de encuentro para todos.

Ábreme y entraré. Y cenaré contigo y tú conmigo. Haremos una única cena, que será sacrificial. Y te unirás a mi Pascua para que también tú seas pan partido para el mundo, sangre derramada. ¿Me prestas tus entrañas?

Las únicas entrañas dignas del Señor son las entrañas purísimas y virginales de su Madre, María. El Señor es fruto de un seno virgen. ¿Qué podría encontrar el Señor en nosotros?

“Yo hago nuevas todas las cosas”, dice el Señor: te hago nuevo, no me cierres tus entrañas.

Esta oración que el Señor nos hace, se convierte en nosotros en grito de auxilio a María, nuestra Madre: “María, Madre, préstame tus entrañas. Que tus entrañas vírgenes “virginalicen” las mías; que tus entrañas puras purifiquen las mías”. Se le impone al misionero la evidencia de necesitar (y de anhelar) entrañas “virginalizadas”.

Porque sólo unas entrañas vírgenes pueden acogerle dignamente. Nosotros reconocemos con verdad. “Señor no soy digno”. No es un accidente pasajero: es una realidad de estado. Pero el Señor no renuncia a sus designios amorosos sobre nosotros: “Tu vida me vale”; “Son tus entrañas lo que quiero; y las quiero ahora: ¿me cerrarás tus entrañas?”.

Se nos pide, el mundo, nuestros hermanos esperan que seamos transformados en el Amor, prestando nuestro sí, y todo lo que somos, hasta lo más profundo de nosotros mismos, al designio amoroso que la voluntad de Dios y la solicitud de los que de nosotros son Responsables, nos han encomendado: la “generación” de los que el Señor ha llamado para que sigan más de cerca las huellas de su Hijo, para que lleguen (lleguemos) a perseverar sumisos a su voluntad siendo testigos de su amor en el mundo.

La misión, de parte de Dios, es una llamada siempre en acto; la misión, de parte nuestra, es una acción de gracias que no termina nunca.

Por nuestra fortuna, hemos sido llamados, escogidos y elegidos. Y constituidos. No nos es lícito echarnos atrás.

Con la gracia del Señor, así sea.

 

P. Gerardo Roncero Fernández

9 de febrero de 2012 en Roma

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