La Palabra meditada

La Palabra Meditada XIV DOMINGO ORDINARIO - Ciclo A

San Mateo 11,25 – 30

Por aquel tiempo exclamo Jesús: Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra.
Nuestro Señor Jesús alaba a nuestro Padre, haciendo notar su majestuosidad, su poder sobre todas las cosas, Is 66,1 nos dice: Así se expresa Yave: ¡El cielo es mi trono y la tierra la tarima para mis pies!

Nosotros también debemos de glorificar y dar gracias a nuestro Padre en todo momento y no solo cuando sentimos que nos ha librado de un apuro, el Sal 148,13 dice: Que el Nombre del Señor todos lo alaben, porque solo su Nombre merece toda gloria, su majestad se eleva por encima de la tierra y del cielo.

Porque has mantenido ocultas esta cosas a los sabios y prudentes.

La salvación es para todos, pero está claro que si nosotros seguimos con una actitud de orgullo y de soberbia aun dentro de la misma iglesia, nos engañamos a nosotros mismo y seguiremos viviendo con un velo que no nos permitirá gozarnos y vivir desde ya la gracia del Reino de los Cielos.

Y las revelaste a la gente sencilla. Si Padre así te pareció bien.

La revelación es para todos los que sabemos que no tenemos ningún mérito y nos sentimos necesitados de Dios, mostrándonos ante el con un verdadero corazón contrito y humillado, Mt 5,3 nos dice: Felices los que tienen espíritu de pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

En la humildad es donde reconocemos nuestros defectos y cualidades, sabemos quiénes somos y nos sometemos a la voluntad del Señor y confiamos en él, el Sal 37,3-4 nos dice: Pon tu porvenir en manos del Señor, confía en él y déjalo actuar. Mi Padre puso todas las cosas en mis manos.

Jesús es el primogénito de Dios Padre y todo cuanto existe fue hecho para él y aun así dejo todas sus vestiduras celestiales, para venir por nuestra salvación, es la imagen más visible del amor de Dios y su mayor deseo es que ninguno de nosotros nos perdamos, teniendo todo el poder para usarlo para su beneficio no nos obliga a creer en él, siempre tenemos la libertad del camino que deseemos seguir, su poder no lo vino a demostrar destruyendo a sus enemigos, por el contrario se hizo hombre como cualquiera de nosotros y entrego su vida, por nuestro rescate en la cruz del calvario.

Nadie conoce al Padre sino el Hijo, pero si nosotros le creemos y seguimos sus mandatos, él nos lo dará a conocer.

Vengan a mí los que se sientan cargados y agobiados, porque yo los aliviare.

Nuestro Señor nos da su promesa de liberarnos de todos aquellas cosas que nos mantienen esclavizados y que no nos permita tener la paz que nos hará descansar verdaderamente.

Carguen con mi yugo y aprendan de mí que soy paciente de corazón y humilde, y sus almas encontraran alivio. Pues mi yugo es bueno y mi carga liviana.

Cuando trabajamos para una persona a cambio de un salario, tenemos la responsabilidad de obedecer y hacer su voluntad, este es un yugo, que a la larga nos cansa y nos agobia.

Si cargamos con el yugo de nuestro Señor, es obedecerle, hacer su voluntad, permitirle que dirija nuestra vida, y su bondad siempre nos llevara por el camino del bien y nos sentiremos livianos es decir libres y en paz.

El que se deja encontrar por nuestro Señor, tendrá de esa paz que el mundo no nos ofrece, nuestra alma encuentra el verdadero alivio.

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