La Palabra meditada

La Palabra Meditada - XIX Domingo Ordinario Ciclo A

San Mateo 14,22 – 33

Una vez que los despidió, subió solo a un cerro a orar. Al caer la noche, estaba allí solo.
Como cristianos debemos de saber, que la oración no solo es un pedirle a Dios, la oración llena de fe tiene poder, pero para ello debemos de estar convencidos de lo que realmente Dios quiere para nosotros y no lo que nosotros creemos que necesitamos. Jesús nos enseña en la oración del Padre nuestro, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Cuando oramos conforme a la voluntad de Dios, es cuando la oración tiene poder, porque nuestro corazón está abierto a recibir de Dios lo que él sabe que necesitamos, 1Jn.3,22-23 dice: Entonces cualquier cosa que pidamos, Dios nos escuchara, ya que guardamos sus mandatos y procuramos hacer lo que es de su agrado.
Entre tanto, la barca estaba ya muy lejos de tierra, sacudidas fuertemente por la olas, porque soplaba viento en contra.

Cuanto más nos alejamos de Jesús, se nos hace más difícil, librarnos de las tentaciones o de las pruebas, nuestra fe se debilita y solo la palabra de Dios es la que nos hace mantenernos firmes.
De madrugada, fue Jesús hacia ellos caminando sobre el mar. Al verlo caminando sobre el mar, se asustaron y exclamaron: ¡Es un fantasma! Y llenos de miedo comenzaron a gritar.

El temor nos hace dudar, de lo que realmente queremos, por eso nuestro Señor nos trae el mandamiento del amor, que nos da seguridad en lo que hacemos, siempre que pasemos por esos desiertos de la vida, afiancémonos en el amor de Cristo, sintamos que él está con nosotros y que él no nos abandonara, 1Jn 4,18 nos dice: En el amor no hay temor, el amor perfecto hecha fuera el temor, pues el temor mira el castigo, mientras uno teme no conoce el amor perfecto.

Por eso el Señor nos anima a cada instante, a no desmayar y seguir adelante, pues el camino que conduce a la santidad nos es fácil, pero con el todo es posible, y su palabra nos dice que él está con nosotros todos los días y los que lo conocemos y creemos en el sabemos que en él está la verdad que nos hace libres.

Pedro le pide a nuestro Señor ir a donde el caminando sobre las aguas.
El cristiano no debe dejar llevarse por el entusiasmo, porque cuando caminamos hacia el Señor somos llamados a abandonarnos a nosotros mismo y mostrar frutos de una verdadera conversión.
Pero, al fijarse en la violencia del viento, tuvo miedo y comenzó a Hundirse. Entonces grito: ¡Sálvame, Señor!

Cuando le pedimos al Señor que nos ayude, por algún problema, nuestra mirada ya no debe de estar puesta en el problema, porque de ella se encargara el Señor, nuestra mirada debe de estar puesta en el Señor, que todo lo puede y no nos defrauda.

Al instante Jesús extendió la mano, diciendo: Hombre de poca fe, ¿Por qué vacilaste?

Cuanto más tenemos nuestra mirada en el Señor, nuestra fe se acrecienta, pues la palabra de Dios es viva y eficaz, el hombre que no permanece constante en ella, tiende a vacilar, en Mt 7,26-27 Jesús nos habla de esta parábola: en cambio, el que oye estas palabras sin ponerlas en práctica, es como el que no piensa, y construye su casa sobre arena. Cayo la lluvia a torrentes, soplaron los vientos contra la casa, y esta se derrumbó con gran estrepito.

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