La Palabra meditada

La Palabra Meditada - XXI Domingo Ordinario - Ciclo A

San Mateo 16,13 – 20

Sabemos que hasta ahora en nuestros días, muchos hermanos creen en Dios, pero no creen en nuestro Señor Jesucristo como el Hijo unigénito de Dios, si creen en la venida de Jesús, pero para ellos él fue un profeta más.
Para nosotros Jesús es el mesías el Hijo de Dios vivo.
Y esto solo lo podemos decir porque somos guiados por el espíritu de Dios, que es quien nos muestra y revela a nuestro Señor Jesucristo, esta es la fe en la que nos tenemos que mantener firmes, que para nosotros Jesús es el Hijo de Dios vivo.


Cuando nuestra fe se debilita, por muy creyentes que seamos, estamos expuestos a las acechanzas del enemigo, sino recordemos a Tomas que fue el discípulo que estuvo dispuesto a ir a morir con nuestro Señor a Jerusalén, Jn.11,16 Entonces Tomas, apodado el Gemelo, dijo a los otros discípulos: Vamos también nosotros y moriremos con él.

Que fe tan grande la que tenía Tomas en ese momento, pero después de la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesús, era el único que no estaba junto a los otros discípulos y que no creía que nuestro Señor había resucitado, a pesar de que había andado todo el tiempo con nuestro Señor, vemos como su fe se decae totalmente, por eso Jesús le dice en Jn.20,27 Después dijo a Tomas: Ven acá, mira mis manos; extiende tu mano y palpa mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.
No nos atengamos en solo creer que Jesús es el Hijo de Dios, hagamos todo cuanto nos sea posible para que nuestra fe esta siempre fortalecida.

Cuando Pedro le hizo la aseveración a Jesús revelado por el espíritu, de que era el Cristo, el hijo del Dios vivo, la fe de Pedro era casi nula, Pedro tuvo que pasar por muchos momentos difíciles, 1P 1,7 Nos dice: Su fe saldrá de ahí probada, como el oro que pasa por el fuego. En realidad el oro ha de desaparecer; en cambio la fe, que vale mucho más, no se perderá hasta el día en que se nos revele Cristo Jesús: entonces será motivo de alabanza, de gloria y de honor para Dios.

Jesús siempre les decía a sus discípulos hombres de poca fe, él estaba pendiente en corregirlos, porque de aquí iba a comenzar la iglesia de Cristo y ellos en ningún momento le reprochaban, esto es lo más sano, que Dios nos vaya corrigiendo cada día, para que hagamos las cosas de acuerdo a su voluntad, Heb 12,10-11 nos dice: Nuestros padres nos corregían a su gusto y para una vida que dura poco. En cambio, Dios nos corrige por nuestro bien y para hacernos santos como él es Santo. Las correcciones nunca nos alegran en el momento más bien duelen. Pero con el tiempo traen su fruto de paz y dan santidad a los que con ellas fueron probados.

Nosotros somos piedras vivas con las que Cristo edifica su iglesia, para ello debemos de mantenernos sólidos y vivir en armonía unos con otros, para que en el momento de su gloriosa venida nos encuentre haciendo su santa voluntad.

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