La Palabra meditada

La Palabra Meditada - XXV Domingo Ordinario - CicloA

San Mateo 20,1 – 16

Con relación a esto, sucede en el Reino de los Cielos lo mismo que sucede con un jefe de familia que salió de madrugada a contratar trabajadores para su viña.
Muchos hermanos que ahora conocen al Señor, se sienten también, que dicen que les hubiera gustado conocerlo antes, otros sin embargo, todavía no le conocen y otros que ya quisieran estar con el Señor haya en el reino.


No somos nosotros los que hemos encontrado a nuestro Señor, él es quien ha salido a nuestra búsqueda y no es el día o la hora que nosotros digamos, es simplemente en el tiempo de Dios, como sucede con este jefe de familia, que no le importa la hora el busca empleados y lo hace hasta la última hora.
Lo mismo hace nuestro Señor, a todos nos da la oportunidad de la salvación, porque él no quiere que nadie se pierda.
Por eso debemos de sentirnos afortunados los que ya le conocemos, sabemos que por su infinita gracia hemos sido salvados y rescatados de la esclavitud en que vivíamos y decir como decía Pablo, si vivimos es para Cristo y si morimos para el morimos, lo importante es que somos de él y nada ni nadie nos apartara de su amor.
Aceptaron el sueldo que les ofrecía (una moneda de plata al día), y los envió a su viña.
Otra forma de ver esta parábola es que una vez que conocemos al Señor, él quiere que trabajemos para el reino, el Señor lo puede hacer solo, pero él desea que trabajemos en comunidad y que lo hagamos con mucho amor y poniendo en práctica la infinidad de dones y talentos que él nos ha regalado.
Queda de nuestra responsabilidad, si solo nos conformamos con conocer al Señor y ya somos salvos o nos dedicamos a la tarea de buscar a otros hermanos para que también se gocen de lo que nosotros vivimos.
Es bien difícil decir que un hermano tiene fe en nuestro Señor, pero su fe no produce obras, porque la misma palabra nos dice que una fe sin obras está muerta, Stgo. 2,26 nos dice: Así como el cuerpo sin el espíritu está muerto, del mismo modo la fe que no produce obras está muerta.
El jefe de familia acordó pagar a cada uno de los trabajadores una moneda de plata al día y ellos estuvieron de acuerdo.
Cuando nosotros nos decidimos trabajar para el reino, recibimos nuestra paga que es nuestra salvación (una moneda de plata), y este pago no es porque tengamos algún mérito por creer que trabajamos mucho y merecemos mejor paga que otros hermanos, todo es obra del Señor porque está lleno de amor y misericordia, él es quien debe de recibir lo méritos la honra y la gloria de parte nuestra.
Llama a los trabajadores y págales su jornal, empezando por los últimos y terminando por los primeros.
Cuando se acepta humildemente hacer la voluntad de Dios, es cuando se ocupa los primeros lugares, pero cuando nos ensalzamos mucho y nos volvemos prepotentes, haciendo de las cosas de Dios a nuestro antojo, entonces seremos últimos.
El patrón contesto a uno de ellos: Amigo, no he hecho nada injusto, ¿no convinimos en un denario al día?
¿Quién le puede decir a Dios que es injusto? Él es, el dueño de todo cuanto existe y puede hacer lo que quiera, pero su amor por nosotros es tan grande que entrego su Hijo primogénito a la muerte por nuestra salvación, el Señor es la verdad y en ella solo existe lo justo, Heb 6,10 nos dice: Dios no es injusto como para olvidar lo que ustedes han hecho y como han ayudado y todavía ayudan a los santos por amor a su Nombre.

 

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