La Palabra meditada

La Palabra Meditada -XXVIII Domingo Ordinario - Ciclo A

San Mateo 22,1 – 14

Pasa en el Reino de los Cielos lo que le sucedió a un rey que celebro las bodas de su hijo. Mando a sus servidores a llamar a los invitados a las bodas, pero estos no quisieron venir.

Se supone que si nos llega una invitación de Dios a las bodas de nuestro Señor Jesús su Hijo, es porque para el somos personas muy especiales, nos ha elegido como sus invitados, ¿Por qué entonces no queremos asistir?

Es el caso de que muchos creemos en Dios, pero no lo hemos tomado en serio, porque hay prioridades más importantes, aunque creamos que Dios es lo mejor y sabemos que debemos de hacer el bien, nuestra carne nos traiciona por eso, Rom. 7,18-19 nos dice: puedo querer el bien, pero no realizarlo. De hecho no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero.

El pecado que está dentro es muy egoísta, y trata en lo que sea posible en mantenernos ocupados las veinticuatro horas del día, para que Dios no tenga cabida en nuestra vida y de esta manera no tengamos tiempo a sus invitaciones.

El rey se enojó, y enviando a sus tropas, acabo con aquellos asesinos y les incendio la ciudad.

Todo esto ya sucedió, estas son las invitaciones que Dios hizo al pueblo de Israel, como su pueblo escogido y esto culmino con la destrucción de Jerusalén en el año 70 después de Cristo.

Vayan, pues, a las esquinas de las calles y conviden a la boda a todos los que encuentren.

La invitación ahora ya no es solo para los que se consideran dignos, es para todos, malos y buenos, nos dice la lectura, de manera que ya no existe un pretexto para decir a mí nunca me hablaros de Dios, todos de alguna u otra manera hemos oído hablar de las Buenas Nuevas de nuestro Señor Jesús.

Si nos sentimos indignos, pecadores y que no somos o valemos nada, el amor de Dios mediante Cristo Jesús nos invita para redimirnos de nuestros pecados y alcancemos la salvación y por ende la vida eterna, Is 43,25 nos dice: Soy yo quien tenía que borrar tus faltas y no acordarme más de tus pecados.

Si Dios nos da esta oportunidad, como la tuvo uno de los ladrones que fueron crucificados con nuestro Señor Jesucristo y ya se encuentra gozando de ese paraíso eterno, preparémonos para ir a las bodas del Hijo de nuestro Rey, como lo hicieron aquellas cinco vírgenes previsoras, que junto a sus lámparas llevaban una botella de aceite.

El rey entro después a ver los que estaban sentados a la mesa, y se fijó en un hombre que no estaba vestido con traje de fiesta. Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí sin traje de fiesta? Pero el otro se quedó callado.

Es inaudito que seamos invitados por nuestro Señor a la salvación y la vida eterna y no nos esforcemos por adquirir el traje de la santidad, pues no sea que nos saquen a las tinieblas donde habrá llanto y desesperación eterna.

Sepan que muchos son los llamados, pero poco los escogidos.

Son multitudes de seguidores de Cristo, pero los escogidos son pocos, estos son los verdaderos adoradores en espíritu y en verdad y que están dispuestos a hacer la voluntad de Dios.

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