La Palabra meditada

La Palabra Meditada - VI Domingo Ordinario - Ciclo B

San Marcos 1,40 – 45

Se le acercó un leproso que se arrodillo y suplico a Jesús: Si quieres puedes limpiarme.
La lepra como sabemos era una enfermedad de la piel muy contagiosa, que en aquel tiempo no existía la cura, lo difícil para una persona con lepra era que era marginado, por lo que tenía que aislarse hasta que se moría.
La lepra carcome la piel, mientras que el pecado nos carcome el alma y se esconde muy bien, los fariseos para el caso hablan muy bien de Dios, pero Jesús les decía que honraban a Dios con los labios pero su corazón estaba muy lejos de él, así pasa con muchos que se creen buenos, hablan muy bonito de Dios y tienden a juzgar o marginar a los que andan con el pecado al descubierto.
La actitud de este leproso es la de reconocer su enfermedad y con mucha fe y humildad acercarse a aquel que todo lo puede.
Esta misma actitud debe de ser la de nosotros que sabemos que no nos podemos curar por nosotros mismos, debemos de reconocer que nuestro Señor Jesucristo vino a este mundo para liberarnos de la esclavitud del pecado, pero para ello necesitamos mucha fe y humildad como lo hizo aquel publicano según nos dice Lc. 18, 13 El publicano, en cambio, se quedaba atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios mío ten piedad de mí que soy un pecador.
Jesús tuvo compasión, extendió la mano, lo toco y le dijo: Yo lo quiero; queda limpio. Al instante se le quito la lepra y quedo limpio.
La misericordia de nuestro Señor Jesús es tan grande que hace hasta lo imposible por cada uno de nosotros, y más aún cuando lo buscamos para que nos limpie nuestra alma de todas aquellas cosas que nos separan del amor de Dios.
Entonces Jesús lo despidió, pero le mando enérgicamente: No se lo digas a nadie; preséntate al sacerdote y le darás por tu purificación lo que ordena la ley de Moisés. Así comprobaran lo sucedido.
No permitamos que las alegrías o las tristezas nos impidan hacer lo que Dios nos manda, mantengámonos siempre firmes en hacer su voluntad, si lo hacemos de esta manera sabemos que nada ni nadie nos apartara del amor de Cristo.
Así como nuestro Señor nos ha limpiado de nuestra lepra espiritual, ahora nos toca a nosotros ayudar a otros hermanos a ayudarles en sus debilidades, Rom. 14,1-2 nos dice: Nosotros los fuertes en la fe, debemos de cargar las debilidades de los que no tienen esta fuerza, en vez de buscar nuestro propio contento. Que cada uno de nosotros trate de dejar contento a su prójimo, ayudándolo a crecer en el bien.
Tenía que andar por las afueras, en lugares apartados. Pero de todas partes llegaban a donde él.
Por donde el Señor andaba siempre lo seguía una gran multitud, igual pasa en nuestros días, la pregunta que debemos de hacernos seria ¿para que lo buscamos? Si es para conocer esa verdad que nos limpia y nos libera de la esclavitud del pecado o simplemente es que deseamos que nos ayude en nuestras necesidades.

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