La Palabra meditada

La Palabra Meditada - II Domingo de Cuaresma - Ciclo B

San Marcos 9,2 – 10

Seis días después, Jesús tomo consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevo aparte, ellos solos a un monte muy alto.
Jesús siempre nos lleva consigo, pero especialmente a aquellos que se interesan por conocerle cada día más, como pasaba con estos tres discípulos que siempre nuestro Señor los tomaba en cuenta, cuando hacia una sanación extraordinaria, como en el caso de la hija de Jairo, o cundo los llama para ir a orar cuando se acercaba su muerte, en este caso se los lleva para que contemplen la gloria de Dios.
Jesús nos llama a contemplarlo, para ello necesitamos entrar en un silencio de nuestra mente, desprendiéndonos de nuestros pensamientos y emociones, por eso él nos dice en su palabra que cuando oremos siempre busquemos un lugar apartado, para que nada nos distraiga.
Jn. 4,23-24 nos dice al respecto: Pero llegara la hora, y ya estamos en ella, en que los verdaderos adoradores adoraran al Padre en espíritu y en verdad. Son esos adoradores a los que busca el Padre. Dios es espíritu; por tanto, los que lo adoran, deben de adorarlo en Espíritu y en verdad.
Y allí cambio de aspecto delante de ellos. Sus ropas se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo sería capaz de blanquearlas de ese modo.
Nuestro Señor se transfigura y se muestra a sus discípulos, como realmente es en su gloria y no como se presentó ante el mundo, con su pobreza desde que nació hasta la hora su sacrificio en la muerte por cada uno de nosotros en la cruz del calvario.
Como cristianos debemos cada día transfigúranos y reflejar ante los demás, el testimonio de paz, gozo, amor y felicidad de nuestra vivencia con Cristo, porque no podemos presentarnos ante nuestros hermanos diciendo que somos cristianos, renegando, tristes y como seres dignos de lastima.
2Co 5,17 nos dice al respecto: Por esa misma razón, el que está en Cristo es una criatura nueva. Para él lo antiguo ha pasado; un mundo nuevo ha llegado.
La aparición de Moisés y Elías son dos testigos del antiguo testamento que representaban a la ley y a los profetas que le darán cabida, a nuestro Señor Jesucristo como el camino que marca el pacto de la nueva y definitiva alianza de Dios con los hombres.
Pedro tomo la palabra y dijo a Jesús: Maestro, ¡qué bueno que estemos aquí; levantemos tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Y en verdad que bien se siente cuando estamos en vivencia con nuestro Señor, pero nuestro Señor no desea simplemente que nos quedemos en la vivencia, sino que actuemos como verdaderos cristianos demostrando nuestro amor al prójimo.
En eso se formó una nube que los cubrió con su sombra, y desde la nube llegaron estas palabras. Este es mi Hijo amado: a él han de escuchar.
Nosotros también somos hijos amados de Dios, pero el no solo desea que conozcamos a Jesús, sino que también lo escuchemos.
Escuchar a Jesús es hacer la voluntad de Dios y como él nos dijo, que el que quiera seguirlo se niegue a sí mismo y tome su cruz de cada día.
Para ello debemos de estar en su palabra, pues en ella está todo lo que Dios nos manda, para escuchar a Jesús y ser felices.

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