La Palabra meditada

La Palabra Meditada - XXVI Domingo Ordinario - Ciclo B

San Marcos 9, 38-43.45. 47-48

El que recibe a un niño como este en mi nombre, a mi me recibe; y el que me recibe, no me recibe a mí, sino al que me envió.
El Señor acoge y quiere que acojamos, a todos aquellos hermanos que no guardan ninguna malicia en su corazón, porque así es como son los niños y el desea que nosotros actuemos de esta forma, el desea que siempre tengamos necesidad de Dios, pues como adulto creemos que todo lo sabemos, de esta manera era como se comportaban los fariseos, que creían saberlo todo, pero su corazón estaba lejos de Dios.
Es bueno que meditemos con quien estamos, pues si estamos con Cristo obedezcámosle e imitémoslo en todo, pues solo en él se cumplirán todas las cosas para la honra y la gloria de Dios Padre.
Recordemos como cristianos, que la iglesia de Cristo es un solo cuerpo y él es la cabeza, por tanto debemos comprender que hay hermanos que hacen el bien en el Nombre del Señor y no debemos de criticarlos o juzgarlos, porque son parte también del cuerpo de Cristo, y al igual que a nosotros ellos recibirán también su recompensa.
Si alguno hace tropezar y caer a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor sería para el que le ataran al cuello una gran piedra de moler y lo echaran al mar.
No debemos de ser piedra de tropiezo, para aquellos hermanos que su fe no ha crecido, ellos están alimentándose de leche, como nosotros un día lo hicimos, Rom. 14,1 nos dice: Sean comprensivos con los de conciencia más débil, en vez de criticar sus escrúpulos.
Estas es una de las razones que debemos tomar con mucha seriedad cuando estamos trabajando en las cosas del Señor, debemos de ser muy responsables, nuestro conocimiento y testimonio de la palabra debe de ser muy coherente con lo que hablemos, porque de ello dependerá la fe de los pequeños, de lo contrario podemos hacer que su fe se pierda y el castigo para nosotros será muy fuerte, en Os 4,6 la palabra nos dice: Como tú no te preocupas de enseñar, mi pueblo languidece sin instrucción; por eso yo te echare de mi servicio. Y como tú ya no te acuerdas de mi ley, también yo me olvidare de tus hijos.
No es que el Señor desee que entremos cojo, mancos o tuertos al Reino de los Cielos, lo que nos hace es un llamado para que dejemos de seguir cometiendo los mismos pecados, porque él nos ha llamado a amarlo con todo nuestro ser, por eso nos dice que aspiremos a ser santos como él lo es, pues sin santidad nadie vera al Señor, como nos dice: 1P 1,16 Ustedes serán santos porque Yo lo soy.
Cuando sucede un terremoto, las casas quedan por lo general dañadas, nosotros tenemos que ver cuáles son los daños que ocasiono el terremoto en nuestra casa, para empezarla a reparar, no sea que después nos caiga encima, lo mismo sucede en nuestra vida tenemos que ver por donde está entrando el pecado que nos causa tanto daño y nos está rompiendo nuestra relación con Dios, tenemos que detenerlo, porque de lo contrario no entraremos en el Reino de los Cielos, a eso vino nuestro Señor a salvarlos del pecado y a restituirnos con nuestro único Dios.

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