La Palabra meditada

La Palabra Meditada - XXX Domingo Ordinario - Ciclo C

San Lucas 18,9 – 14

Puso además esta comparación por algunos que estaban convencidos de ser justos y que despreciaban a los demás.
Los fariseos se esmeraban por cumplir los mandamientos de Dios, pero a la hora de ponerlos en práctica era un testimonio diferente, pero solo por el hecho de cumplir con la ley ellos se consideraban justos.
Hay hermanos que se afanan por andar en un servilismo religioso y por andar en esto llegan incluso a descuidar a su familia, no conocen, ni hacen la voluntad de Dios y a la hora de confesarse no saben que decir, porque siente que no cometen errores, nosotros debemos de tener mucho cuidado con este tipo de hermanos, porque como nuestro Señor nos dice en Mt 23,3 Hagan y cumplan todo lo que les dicen, pero no los imiten, ya que ellos enseñan y no cumplen.
Dos hombres subieron al templo a orar, uno era fariseo y el otro publicano.
Ya hemos dicho lo que eran los fariseos y como nuestro Señor hacia énfasis a sus discípulos de que tuvieran cuidado con ellos, los publicanos eran los encargados de recaudar los impuestos para el imperio de roma y a su vez se hacían ricos ellos, pues hostigaban al pueblo para que pagara y le subían a la tarifa para así ganarse la vida, uno de estos recaudadores de impuesto era Mateo, quien fue llamado por nuestro Señor para seguirlo, Mt 9,9
El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: Oh, Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros, o como ese publicano que está allí. Ayuno dos veces por semana, doy la décima parte de lo de todo lo que tengo.
Esta es la oración de un hombre que se consideraba bueno y bueno solo es Dios, él dice que ayuna dos veces por semana, el Señor no desea de nuestros sacrificios, como nos dice Os 6,6 Yo quiero amor, no sacrificios, y conocimiento de Dios, más que victimas consumidas por el fuego.
También le dice a Dios que le entrega la décima parte de todo lo que tiene, todo cuanto tenemos es por gracia de Dios y no es porque no esforcemos menos o más, Dios no necesita que le demos, pues todo es de él, nuestro Padre lo que desea es que los demos a los demás, ya sea en lo mucho o en lo poco, así nos dice 1Jn.3,18 Hijitos, no amemos con puras palabras y de labios afuera, sino verdaderamente y con obras. Esto nos dará la certeza de que somos de la verdad y se tranquilizara nuestra conciencia delante de él.
El publicano, en cambio, se quedaba atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios mío ten piedad de mí que soy un pecador.
Nuestro Padre sabe muy bien todo lo que hacemos y que no es de su agrado, y no nos cuestiona, el deja que por nosotros mismos reconozcamos nuestras faltas, en Is 57,15 nos dice: Yo vivo en lo alto y me quedo en mi santidad, pero también estoy con el hombre arrepentido y humillado, para reanimar el espíritu de los humildes y alertar los corazones arrepentidos.
Yo les digo que este último estaba en gracia de Dios cuando volvió a su casa, pero el fariseo no. Porque todo hombre que se hace grande será humillado, y el que se humille será hecho grande.
Qué grande es el amor y la misericordia de Dios, aprendamos de nuestro Señor Jesús que era manso y humilde de corazón, por eso lo engrandeció como nos dice Fil 2,9-11 Por eso Dios lo engrandeció y le concedió el Nombre que esta sobre todo nombre, para que, ante el Nombre de Jesús, todos se arrodillen, en los cielos, en la tierra y entre los muertos. Y toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor, para la gloria de Dios Padre.

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