La Palabra meditada

La Palabra Meditada - XXXI Domingo Ordinario - Ciclo C

San Lucas 19,1 – 10

Llegando a Jericó, pasaba Jesús por la ciudad.
Cada vez que nuestro Señor iba a un lugar lo hacía con un propósito, el solo se dejaba guiar por el Espíritu Santo para hacer la voluntad de Dios.
Nosotros no hemos venido a este mundo por casualidad o por un error, Dios nos ha enviado para cumplir con un propósito, Jer 1,5 nos dice: Antes de formarte en el seno de tu madre, ya te conocía; antes de que tú nacieras, yo te consagre, y te destine a ser profeta de naciones.
Así es que con el espíritu de Dios que mora dentro de nosotros, en el lugar donde nos encontremos o al lugar donde vayamos, tratemos de dar testimonio de todo el amor y la gracia que Dios nos ha dado a nuestros semejantes.
Allí había un hombre llamado Zaqueo. Era jefe de los cobradores de impuesto y muy rico. Quería ver cómo era Jesús, pero no alcanzaba en medio de tanta gente, por ser de baja estatura.
Aquí vemos que no somos nosotros los que buscamos a Jesús, es el que viene especialmente por nosotros, y no le importa nuestra condición de pecadores, el viene a sembrar la buena semilla en nuestros corazones.
Entonces corrió adelante y se subió a un árbol para verlo cuando pasara por ahí.
La actitud de Zaqueo es algo que deberíamos de imitar, pues muchas veces como cristianos somos muy conformista no nos esforzamos, somos muy acomodados, Jos. 1,8-9 nos dice: leerás continuamente el libro de esta ley y lo meditaras para actuar en todo según lo que dice. Así se cumplirán tus planes y tendrás éxito en todo. Yo soy quien te manda; esfuérzate, pues, y se valiente. No temas ni te asustes, porque contigo esta Yave, tu Dios a dondequiera que vayas.
Cuando llego a ese lugar, Jesús levanto los ojos y dijo: Zaqueo baja pronto, porque hoy tengo que quedarme en tu casa.
Si estas atravesando por una situación difícil, estas triste y desencajado, es hora de que te levantes, porque Jesús tiene los ojos puestos sobre cada uno de nosotros y nos dice como a Zaqueo que bajemos pronto de ahí, él está en la puerta de nuestro corazón y desea que le abramos.
Todos entonces se pusieron a criticar y a decir: se fue a alojar en casa de un pecador.
Por lo general nos volvemos como jueces y por nuestra ignorancia queremos juzgar y decir quién es bueno y quien es pecador, vale más que no estamos en manos de hombres, es nuestro Señor quien toma la bendita decisión de acogernos, porque a él no le interesa si somos indignos, lo que desea es que volvamos al camino verdadero.
Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y a quien he exigido algo injustamente le devolveré cuatro veces más.
Zaqueo conoce a Jesús y sin que nuestro Señor le reclame algo, el mira su pecado y ve lo injusto que ha sido y le dice al Señor como va actuar en adelante, esto es lo que espera nuestro Señor de nosotros, después de decir que lo conocemos, que reconozcamos nuestros pecados y que aprendamos a ser justos y verdaderos con nuestro prójimo.
Jesús, pues, dijo a su respecto: hoy ha llegado la salvación a esta casa y lo reconoce también como un hijo de Abrahán.
Como nos dice Ef.2,8 Pues, por gracia de Dios han sido salvados por medio de la fe. Ustedes no tienen mérito en este asunto: es un don de Dios.
El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido.
Este texto es claro porque vemos que Jesús no vino al mundo a condenarnos o a reclamarnos algo, vino a demostrarnos el amor tan grande de nuestro Padre celestial, como nos dice Jn. 3,16 Tanto amo Dios al mundo que entrego a su Hijo Único, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.

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