Reflexión / Palabra

Fe y conversión. Retiro parroquial de Cuaresma 2013

1.- ¿Qué es eso de creer?

Normalmente las personas vivimos “creyendo” en los demás. Particularmente, creemos más a los que más queremos, a los que nos merecen confianza o son de confianza... Un niño pequeño cree a sus padres y en sus padres. Sin embargo, este vivir creyendo no está exento de dudas: ¿y si no es verdad? Nos cabe la posibilidad de dudar... porque creer en alguien no es una fórmula matemática, ni un ensayo de laboratorio. Es una manera de situarse ante la vida, asumiendo el riesgo de poner la vida en manos de otros.Esta es la grandeza del creer: fiarnos sin querer tenerlo atado todo, tan atado que no quepa duda. {jcomments on}
La vida ordinaria conlleva creer Creer es algo cotidiano. No daríamos un paso sin un mínimo de confianza. Creemos que “no nos la van a jugar”, que “el libro que estudiamos es serio”… Nosotros no lo hemos verificado, pero “nos fiamos” del autor…
Muchos dicen que creer les parece poco, que quieren saber. Pero la palabra “creer” puede tener significados diferentes: cuando un paracaidista pregunta al empleado del hangar: “¿Está bien preparado el paracaídas?, y aquel responde, indiferente: “Creo que sí”, no será suficiente para él; esto quiere saberlo seguro. Pero si ha pedido a un amigo que le prepare el paracaídas, éste le contestará a la misma pregunta: “Sí, lo he hecho personalmente. ¡Puedes confiar en mí! Y el paracaidista replicará: “Te creo”. Esta fe es mucho más que saber, es certeza. Así es también la fe que hizo salir a Abrahán de la tierra prometida, ésta es la fe que hizo que los mártires perseveraran hasta la muerte, ésta es la fe que aún hoy mantiene en pie a tantos testigos y también a tantos cristianos perseguidos. Es una fe que afecta por entero a la persona. (Cf. YOUCAT, 20-22).

Creer religioso
Existe lo que llamamos el creer religioso. Es decir, la confianza total del hombre en Dios. La fe en el Dios de Jesucristo nació con los hebreos, como nos lo cuenta el Antiguo Testamento. El primer creyente de la Biblia es Abrahán, que creyó al Señor y el Señor le consideró como un hombre justo (Gn 15,6). Abrahán aporta la novedad de una relación de tipo personal con el Dios único. Esta relación consiste en poner en él toda su confianza. Abrahán vive para Dios y acepta que Dios puede intervenir en su historia y en la de su pueblo. Esta es la experiencia religiosa fundante de la fe.

Creer es entablar diálogo
Cuando un creyente cristiano dice creo lo que está diciendo es que admite la existencia de Dios, y esto es lo original, admite que puede entablar con su Dios una relación: se puede comunicar con él. La relación es confianza, diálogo íntimo, conocimiento y reconocimiento. Dios me habla y yo le escucho. Dios se me da a conocer y yo accedo a entrar en contacto con Él porque me ama y me merece toda la confianza del mundo. El “sí” de la fe es dar paso
a Dios en mi vida, abriéndole mi interior de par en par.
¿Qué nos pasa a ti y a mí como creyentes? Hay un momento decisivo en nuestra vida en el cual pronunciamos el sí de la fe. Respondemos afirmativamente y aceptamos la iniciativa de Dios. Esto lo hacen muchos hombres y mujeres creyentes. Es también original de la fe cristiana que el Dios confesado es Padre Creador, Hijo que vino a vivir con nosotros (se encarnó), murió y resucitó, Espíritu Santo que se nos ha dado. Fuimos bautizados “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

¡Qué bien lo refleja Juan en su Evangelio! Los discípulos acuden a Jesús, lo buscan, son atraídos por aquel Maestro fuera de lo común. La pregunta de Jesús: “¿Qué buscáis?” les obliga a decir algo. Responden con otra pregunta: “Maestro, ¿dónde vives?”. Sin duda, sueñan compartir su vida. No era extraño que un maestro constituyera una comunidad de discípulos a los que iba comentando la Escritura. Jesús es sensible a su pregunta, pero no recluta: “Venid y lo veréis”. “Se fueron con él, vieron dónde vivía y pasaron aquel día con él”. ¿Qué vieron? EL Evangelio no nos lo dice. En san Juan, ver con los “ojos iluminados del corazón”, permite creer. El Evangelio es esencialmente, el eco de este encuentro y de este camino de seguimiento. Ahí tenemos una imagen de la vida cristiana, se trata de un camino detrás de Cristo.

¿Cómo puede ser esto?

¿Cómo puede ser que una persona se lance a creer? El hombre tiene sed de Dios, escucha su llamada en lo más profundo de su ser. Dios ha puesto en su corazón un deseo al que sólo ÉL puede responder. Comienza una larga búsqueda de Dios. La fe es un encuentro entre la llamada de Dios y el deseo del hombre. Seguir a Cristo, el hombre según el corazón de Dios, es el camino de la verdadera felicidad.

Otros ojos, otra visión
Estamos muy acostumbrados a una forma determinada de “ver” y también a “no ver más allá”. Lo he oído en medio de la calle. Una madre de familia decía a otra: “Si tienes fe, todo se ve de otra manera”. Esta frase dicha con el corazón me ha dado pie a pensar en muchas cosas. Sobre todo para descubrir cómo muchas personas poseen una intuición natural para ver de otra manera la vida. Al creer en Dios a la vez afirmamos algo que nos supera y algo que aceptamos como verdadero.
Los apóstoles vivieron esta experiencia al encontrarse con Jesús resucitado. Dice el Evangelio que en el momento de partir el pan “se les abrieron los ojos” (Lc 24,31). Hay momentos en que decimos lo mismo: “ahora lo veo claro”, y no hay evidencia, sino de una fuerza interior que abre el corazón a Dios.

 

2.- Creer y evangelizar en tiempos difíciles

Una aproximación al fenómeno de la secularización y de la increencia no resulta fácil pues son muchos los factores que entran en juego. Sin embargo, todos percibimos, aunque sea de manera confusa, que algo ha cambiado profundamente en el clima religioso de la sociedad actual. Ya no es tan natural y obvio ser creyente. Un tono de increencia y desinterés religioso parece envolverlo todo.
No es fácil acercarse a este hecho que constituye un componente tan importante en la sociedad contemporánea.
El misterio último de la fe no se deja medir por encuestas y sondeos sociológicos. Pero un lúcido análisis de la realidad nos permite reconocer un conjunto de comportamientos, escala de valores, creencias y formas de vida que nos pueden servir de indicadores para conocer mejor lo que está sucediendo.
El análisis sociológico de la realidad, la lectura de la historia, la visión científica del mundo, el estudio psicológico del ser humano, al menos tal como se divulgan hoy entre nosotros, en no pocas ocasiones, imprimen a la vida una orientación no creyente y una visión secularizada del mundo y de la vida. La filosofía que estudian los jóvenes, el arte y la literatura que se produce en nuestros días, los medios de comunicación que invaden los hogares, propagan, por lo general, una cultura que da por supuesto o favorece este ambiente.
Comprobamos así que es realidad entre nosotros lo que afirmaba hace unos años el Concilio Vaticano II: “La negación de Dios o de la religión no constituye, como en épocas pasadas, un hecho insólito e individual; hoy día, en efecto, se presenta no rara vez como exigencia del progreso científico y de un cierto humanismo nuevo”.
Se trata del complejo fenómeno de la secularización, al que los Lineamenta del Sínodo para la Nueva Evangelización señalan como “escenario cultural de fondo” en nuestra sociedad actual, al menos en nuestro contexto occidental. “Nos encontramos en una época de profunda secularización, que ha perdido la capacidad de escuchar y de comprender la palabra evangélica como un mensaje vivo y vivificador” (Líneamenta, n. 6).
En este contexto, la fe que hace unos años ofrecía un sentido último y una esperanza de salvación a los hombres y mujeres de nuestro pueblo, viene a ser explicada hoy como un fenómeno que parece ir perdiendo paulatinamente interés y relevancia. Es normal que, en este ambiente, el creyente tenga la sensación de “creer contra corriente”. En general, lo que constatamos en la sociedad no es tanto un rechazo abierto y sistemático de Dios, cuanto una actitud de indiferencia y falta de sensibilidad ante el planteamiento mismo de su existencia.
Por otra parte, nos encontramos con una cierta disolución del contenido de la fe. Muchos de los que dicen creer, tienen una conciencia muy vaga de lo que creen. El contenido doctrinal de la fe se va fragmentando o diluyendo en la conciencia de muchos. Se diría que bastantes se van construyendo su particular sistema de creencias sin preocuparse de su coherencia interna o su fundamentación. Sencillamente seleccionan lo que les parece más aceptable y viven con un credo confeccionado a su medida, lo que algunos llaman “religión a la carta”. En otros,
encontramos un debilitamiento de la adhesión personal a la fe, mientras se extiende más la tendencia a la duda, la vacilación y la falta de seguridad. Son bastantes los que siguen denominándose creyentes, pero se experimentan a sí mismos en zozobra y perplejidad. No saben en realidad dónde apoyar razonablemente su fe. Poco a poco se van instalando en un estado de escepticismo e indecisión que lentamente se desliza hacia la indiferencia.
Al mismo tiempo, muchos se han ido desvinculando de la pertenencia eclesial. Ha crecido socialmente la crítica y los cuestionamientos hacia las posiciones de la Iglesia en determinados asuntos y no son pocos los que la miran con animosidad y resentimiento. Nos preocupa e interpela ver el número amplio de personas, que no sienten necesidad alguna de comunidad eclesial para vivir su inquietud religiosa. A ello se une, el abandono de la práctica religiosa por parte de un sector amplio de nuestro pueblo o el acercamiento esporádico a la liturgia cristiana,
sólo en momentos puntuales (funerales, bodas, bautizos). Una pregunta nace en nosotros. Este alejamiento, ¿no es el camino que conduce a la pérdida de fe? El abandono de la práctica religiosa, ¿no conduce progresivamente al abandono de toda vida religiosa?
Junto a ello, la cultura dominante de carácter relativista y hedonista, va vaciando progresivamente las conciencias de una inspiración cristiana. Para muchos, la fe religiosa ha dejado de ser fundamento de un orden de valores sólidamente establecido. En algunas personas se puede hablar incluso de “vacío ético”, pues, privadas de criterios sólidos, caen en la insensibilidad moral o se dejan arrastrar por otros intereses personales o de grupo.
Lejos de caer en la desesperanza, esta situación es una llamada constante a nuestras comunidades a recuperar el carácter central y constituyente de la evangelización, a entenderla como tarea de todos los creyentes y a impulsar decididamente una pastoral evangelizadora.

 


3.- La evangelización: vocación propia de la Iglesia

Pese a esta situación difícil, nuestra tarea y misión siguen intactas; anunciar al Dios de Jesucristo como buena noticia para los hombres y mujeres de nuestra época y de nuestra tierra. Por su belleza y actualidad, transcribimos íntegro el número 14 de la Exhortación Apostólica de Pablo VI sobre la Evangelización en el mundo contemporáneo Evangelii Nuntiandi:
“La Iglesia lo sabe. Ella tiene viva conciencia de que las palabras del Salvador: “Es preciso que anuncie también el reino de Dios en otras ciudades” (Lc 4,43), se aplican con toda verdad a ella misma. Y por su parte ella añade de buen grado, siguiendo a San Pablo: “Porque, si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, sino que se me impone como necesidad. ¡Ay de mí, si no evangelizara!” (1 Cor 9,6). Con gran gozo y consuelo hemos escuchado estas
palabras luminosas: “Nosotros queremos confirmar una vez más que la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia”; una tarea y misión que los cambios amplios y profundos de la sociedad actual hacen cada vez más urgentes. Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa”.
El Año de la fe se presenta para nosotros como una oportunidad magnífica para tener “la mirada fija en Jesucristo, ‘que inició y completa nuestra fe’ (Heb 12,2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación” (Porta fidei, n.13).

“El deseo de creer es ya el comienzo de la fe” (H. Roger). Lo importante es “estar abierto”, “ponerse al alcance” de Dios, anhelar su presencia, romper todas las barreras, sortear los obstáculos, acoger su visita, esperarlo, contar con Él. “Vivir cerca o lejos de Dios no es una cuestión de espacio, sino de afecto. ¿Amas a Dios? Estás cerca de Él. ¿Le has olvidado? Estás lejos de Él” (San Agustín).
Queremos suscitar, en nosotros y en vosotros, la alegría que nace de la fe en Dios. No podemos olvidar la fuerza y el “poder” que tiene la fe, confiados en la Palabra de Dios. Cuando los discípulos le pidieron al Señor: “auméntanos la fe”. El Señor les contestó: “Si tuvieras fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’ y os obedecería” (cf. Lc 17,5-6). La fuerza de la fe no depende del tamaño, sino de su punto de apoyo, que es la promesa de Jesucristo. Pedir que Jesús la haga crecer es ya expresión y signo de fe.
La situación actual, a pesar de constituir una prueba, es también una ocasión que debemos aprovechar. La llamada “pastoral ordinaria”, vivida a menudo como una pastoral de la acogida, debe ser mantenida, pero acompañada de una pastoral de la propuesta valiente y decidida del Evangelio. Es nuestro deber caminar juntos hacia lo esencial, hacia aquello que nos permite vivir como creyentes. Escuchar y responder vitalmente a aquellas preguntas que Pablo VI lanzaba en la Evangelii Nuntiandi “¿Creéis verdaderamente en lo que anunciáis? ¿Vivís lo que
creéis? ¿Predicáis verdaderamente lo que vivís?”. Este llamamiento a ir decididamente al corazón de la fe lo ha escuchado la Iglesia muchas veces en el curso de su historia. Se trata, además, de una ley constante del crecimiento en la fe. En cada época, los creyentes están llamados a reapropiarse de una manera especial del sentido de la Palabra que Dios les dirige. El misterio de la fe se aclara a partir de su centro: el Señor Jesús, Hijo de Dios vivo, donado por la acción del Espíritu.
Sabemos que sólo animados por el Espíritu de Dios podremos vivir hoy esta fe y anunciarla. “Nadie puede decir ‘Jesús es el Señor’ si no es impulsado por el Espíritu Santo” (1 Cor 12,3). Nadie puede ser enviado a evangelizar si no es impulsado por él (cf. Jn 20,22). Nuestros esfuerzos por reavivar la fe y promover la evangelización no podrán nunca reemplazar esa acción discreta pero real del Espíritu, que sigue invitando y atrayendo también hoy el corazón de hombres y mujeres hacia Dios. No hemos de olvidar tampoco que Jesucristo, primer testigo y evangelizador de la fe, ha sido crucificado por el mundo. Es en la cruz donde Jesús ha vivido de manera plena su fe en el Padre y ha anunciado de manera definitiva el amor salvador de Dios. Rechazado por los hombres, pero resucitado por el Padre, se ha convertido en fuente de salvación eterna para todo el que cree.
La celebración de la muerte y resurrección del Señor nos ha de ayudar a recordar que los discípulos no somos más que el Maestro. El creyente ha de saber que seguir a Cristo es estar dispuesto a “tomar su cruz”. El evangelizador ha de tener presente que anuncia a Cristo crucificado, “escándalo para los judíos y necedad para los gentiles”,
aunque “fuerza y sabiduría de Dios” para los que creen (1 Cor 1, 23-24).

 

4.- Testimonio y conversión: dos palabras de hondo significado

En el lenguaje cotidiano decir que algo es “testimonial” es decir dos cosas paradójicas: por una parte, que eso es significativo y, por tanto, que es importante; pero, por otra parte, en otro sentido, también puede añadirse un matiz que lo desacredita: dice que eso es materialmente ineficaz, que no soluciona el problema, sobre todo cuando se busca una solución inmediata, pero se da un apoyo personal y moral a alguien. En la calle hablar de un “testigo” nos transporta al significado etimológico de la palabra: estar presente en un hecho cuya narración del mismo tiene valor público y hasta judicial. Este mismo significado tiene la palabra “mártir” que proviene del griego y que atribuimos al que da su vida hasta dar la propia sangre por el testimonio que sostiene (Compendio, n. 522).
De este modo, el testigo nos transporta al acontecimiento, cuya autenticidad asegura con sus palabras y su compromiso.
En el mundo del deporte, la palabra “testigo” habla del objeto que asegura en una carrera de relevos la autenticidad de la prueba física.
Por otra parte, la palabra “conversión” significa volcarse sobre alguien, cambiar y dirigirse hacia alguien, con lo que supone de cambio de dirección de la propia vida y de sus consecuencias, sobre todo en contraste con el camino anterior.

 

5.- Actualidad del testimonio en el acto de fe

En la vida de la Iglesia el testimonio se relaciona siempre con la evangelización, que es la razón de ser de la Iglesia. Y como decía el papa Pablo VI: “el testimonio de vida cristiana es la primera e insustituible forma  de misión” (Evangelii nuntiandi, n. 22). Esto lo decía especialmente cuando se refería a la sensibilidad de los hombres y mujeres de hoy que antes escuchan a los testigos que a los maestros. En los últimos años, en la acción evangelizadora se valora más el mostrar la fe con el testimonio de la vida que argumentar lo razonable de nuestra fe. Importa más mostrar que demostrar. Con estas palabras no se pretende contraponer dos acciones, mostrar y demostrar, que son necesarias en el testimonio de la fe, sino poner una jerarquía entre ambas, pero alertando del riesgo de que se dé una sin la otra, ante un mundo de increencias y de injusticias.
Las palabras que explican el significado de los hechos humanos son necesarias, ya que los hechos pueden ser interpretados de muchas maneras. Recordemos cómo interpretaban los milagros de Jesús los fariseos (cf. Mc 3,20-30). Las palabras que comunican el hecho eliminan parte de la ambigüedad que encierra.
El hecho alberga y comunica un mensaje, una señal, a los que lo viven directamente o a través de un testigo.
Éste se convierte en mediador entre el hecho y los destinatarios del mensaje. Las palabras explicativas y la narración misma del acontecimiento desvelan el sentido que tiene este hecho para los que lo comunican, para sus testigos. Su testimonio les compromete e interpela ante todo a los testigos. Ahora nos toca a nosotros.
Para nosotros, el tiempo actual es el tiempo para el testimonio de Jesucristo.
Nosotros hoy como creyentes no solamente afirmamos la existencia de Dios, sino que también lo reconocemos presente en nuestras vidas y lo acogemos como nuestro Dios, es decir, como el centro de la propia vida. Ante las preguntas fundamentales de la existencia, nosotros experimentamos que estamos envueltos en un Misterio con rostro personal y amoroso. Misterio que nos cambia y nos hace volcarnos más en los demás que en nosotros mismos; Misterio que da coherencia, unidad y alegría profunda a nuestra vida. Esta es la fe: no se trata de una conquista o creación personal, sino de un don que acogemos tal cual se nos entrega.
Más que tenerla nosotros a ella, es la fe la que nos tiene y sostiene.
Sin embargo, vivimos la fe no a plena luz, sino en penumbra. No en una seguridad exenta de dudas, sino en la certidumbre de quien espera ver la luz definitiva. Y con todo, no por eso dejamos de ser testigos:
“Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro para que se vea que una fuerza tan extraordinaria no puede venir sino de Dios” (2 Corintios 4, 7). Las actitudes incoherentes no deben frenar nuestra actitud testimonial. Hay que temer sobre todo la tendencia farisaica a ocultar y maquillar nuestras tentaciones de poder, de seguridad, de eficacia utilitarista, de activismo, de buena imagen, de éxito… Caer en estas tentaciones oscurece la radicalidad del Evangelio, provoca extrañeza, pero la actitud de conversión provoca también estímulo para superarlas y reconocer la acción sanadora de Dios en nuestras vidas.
La sensación de ausencia de Dios, la oscuridad de Dios, el aparente fracaso en la transmisión de la fe en la catequesis y en la educación cristiana de los hijos, la soledad y envejecimiento de los creyentes, la increencia honesta de muchos contemporáneos nuestros, la mediocridad
de la vivencia de la fe en muchas comunidades cristianas… son pruebas para nuestra fe. Nos purifican la fe. Nos interpelan para reconocer dónde hemos de poner el centro de nuestra vida: ¿en Dios o en nosotros mismos?
La fe, la confianza en Dios ahuyenta nuestras inquietudes y ansiedades en que vivimos la fe, aun reconociendo que somos débiles en la fe.


6.- Jesucristo, el testigo fiel

Así presenta el libro del Apocalipsis a Jesús en sintonía con los evangelios (cf. Apocalipsis 1, 5), especialmente en los relatos de la Pasión. Jesús fue procesado y condenado por su anuncio y testimonio. En su proceso todos somos procesados, al juzgarle o dejar que le condenen, ya que ante Él, “se ponen se manifiesto los pensamientos de muchos corazones” (Lc 2,35). Jesús es el testigo que juzga a todos por su testimonio y por la actitud que tenemos
ante Él.
En el evangelio de San Juan, Jesús es testigo no tanto por sus sufrimientos o por su muerte en cruz, sino por la libertad ¡liberadora! con que mueve su vida, por la entrega total al Reino y su justicia, por su amor y por su abandono confiado al Padre. En su cruz estas actitudes cobran más credibilidad si cabe, porque su sufrimiento y muerte son consecuencias de su vida entregada. La cruz de Jesús es el supremo testimonio: uno no miente ante el patíbulo; tampoco se trata de un loco, porque a un loco no lo condenan. Por eso, ante Jesús se autocondenan los
que odian la luz y la vida y prefieren vivir bajo el signo de la mentira.
* Para la reflexión y el diálogo Haced lectura creyente (lectio-meditatio-oratio-contemplatio…) del diálogo entre Jesús y Pilato en la pasión del evangelio de San Juan 18, 28-40.


7.- Los cristianos, testigos del testigo

El discípulo de Cristo participa de su misma misión: dar testimonio de lo que ha visto y oído y hacer llegar fielmente este testimonio de los Apóstoles a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Esta misión testimonial de toda la comunidad eclesial proviene de su apostolicidad, ya que los Apóstoles eran testigos de la resurrección de Jesús (cf. Hch 1,22), transmitieron este acontecimiento en su misión evangelizadora y asociaron a esta misión a los otros discípulos.
Ser testigos de la resurrección de Jesús, núcleo central de nuestra fe, supone ser testigos de la
vida y de la verdad; testigos de la vida y esperanza ante tantos amenazados de muerte; defensores de la vida en su totalidad y dignidad: desde el primer momento de su concepción hasta el último aliento vital, desenmascarando con lucidez los engranajes sociales que impiden o mutilan el desarrollo de la vida y con un compromiso prioritario por los más pequeños e indefensos; testigos de la verdad frente a las insidias de la mentira, con un verdadero compromiso con la verdad del Evangelio que nos hace libres.
El testimonio es clave para hacer creíble la fe en la sociedad actual. El testimonio de la fe no se
traduce en hechos aislados de la vida del testigo, sino sobre todo en el sentido radical y global que Dios da a su existencia. El testimonio da unidad a la confesión de fe y a la propia vida del creyente. El testimonio tiene también un lenguaje propio, con el que se conjugan maravillosamente los hechos significativos de la vida del creyente y las palabras que los explican. Ese lenguaje es la “narración”, el relato de la propia vida vista desde los “ojos de Dios”. El testimonio va dirigido a todos, creyentes y no creyentes, y es una interpelación urgente a convertirse a Dios.


8.- Encontrarse con el Dios de Jesucristo: la conversión

Jesucristo es la gran oportunidad para todo hombre de encontrarse con Dios, porque ante Él se esclarecen los motivos que tenemos para decidir un camino u otro en la vida y para desenmascarar las verdaderas razones de nuestra desafección o aceptación de Dios. Ante Jesús caen los prejuicios sobre la fe y aflora un ambiente de honestidad interior. Por eso, el camino de la conversión a Dios tiene un lugar especial: la persona de Cristo, el Verbo de Dios encarnado: “Si sientes ganas de escapar de Dios, no trates de esconderte de Él, escóndete en Él” (San Agustín). Esa es llamada y la interpelación: escondernos en Cristo. Por eso, la acción
evangelizadora de los cristianos pasa necesariamente por facilitar el encuentro con Cristo, para llegar a la conversión a Dios.

En Cristo se da la unión del hombre y Dios: en Él no hay rivalidad entre Dios y el hombre; en Él ambos se
glorifican mutuamente, son amigos; en Él se establece la relación más originaria de padre e hijo. Hasta tal punto es
así que no es necesario el conocimiento previo de uno mismo para llegar a Dios; si conoces a Cristo, Él te revelará
quién eres. El encuentro con Cristo nos libera del endurecimiento interior, del sentirse autosuficiente, del encerrarse en uno mismo… ya que, en el camino de la conversión a Dios, Cristo revela cómo está el hombre por dentro: el egoísmo y la esclavitud interior que le impiden dejarse tocar por Dios.
Siguiendo, pues, este camino, que es Cristo, vamos a recorrer los lugares de la vida humana de especial densidad de experiencia de Dios (cf. (Cf. Carta Pastoral de Cuaresma-Pascua, Creer hoy en el Dios de Jesucristo, nn. 51ss).
- Las preguntas del hombre ante la existencia del mal. Para muchos la realidad del mal contradice lógicamente la existencia de Dios. Sin embargo, constatar el mal en el mundo se puede tornar en lugar de encuentro con Dios, porque para creyentes y no creyentes el mal es un absurdo, un sinsentido… pero la negación de Dios, nos deja sin esperanza ante el mal y sin fuerzas para encarar la lucha contra el mal. La misma voluntad de vivir que subsiste en la inmensa mayoría de los mortales, en medio de sus calamidades, ¿no nos revela que es más
razonable un opción creyente? Un ateísmo llevado hasta sus últimas consecuencias, ¿no hace inconsistente toda causa digna del hombre y también de la justicia? Cuando se ha apostado por negar a Dios en la propia vida, el egoísmo y el utilitarismo pretenden presentarse como lógicos, y las expresiones de bondad, generosidad y ternura llegan a extrañar y asombrar como los relámpagos en la noche. Así lo confiesa J. Rostand, ateo honesto: “El problema no es que exista el mal. Al contrario, lo que me extraña es el bien: esos relámpagos de bondad…”. Por eso, la actitud de Jesús en la cruz es para nosotros el lugar donde encontrar la luz necesaria
para afrontar el mal en el mundo en solidaridad con tantos “crucificados” de todos los tiempos que tienen en el “Crucificado”, uno igual que ellos, la respuesta, no teórica, sino muy viva para humanizar su sufrimiento desde la fe y la esperanza en Dios. Por eso, la fe no es evasión de la realidad, sino incentivo para la acción contra el mal.
Por otra parte, la experiencia del sufrimiento nos “tira del caballo” del sentimiento de omnipotencia en que nos movemos en esta sociedad que “aparta la vista” ante el dolor ajeno. El que sigue crucificado en los crucificados de nuestro mundo, Jesucristo, sale en nuestra ayuda, para que en la encrucijada del sufrimiento no cojas el camino de la desesperación sino de la confianza en Dios, como Él mismo hizo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).
- La pregunta del hombre por el sentido de su existencia adquiere hoy un tono más dramático, porque hoy se niega la pregunta mayor. Hoy muchos afirman que la pregunta por el sentido, ¡no tiene sentido! Ni tampoco la pregunta por Dios. Este planteamiento tan extendido tiene nefastas consecuencias: esta sociedad cree tenerlo todo, pero se encuentra vacía, sin nada, hastiada, aburrida, neurotizada… Como si se tratara de un tabú, el silencio sobre Dios en el arte, en la cultura, en los medios de comunicación social… provoca que mucha gente hoy, sin encontrar respuesta a sus preguntas sobre el sentido, sea muy desgraciada. Esto tiene
una especial incidencia en la gente joven, mucho más vulnerable a este fenómeno. La pregunta por el sentido es una necesidad vital fundamental ¡como el alimento! porque solamente el sentido hace posible seguir buscando respuestas a otras necesidades. El hombre no se contenta con nada mientras no sepa qué le cabe esperar y, sin embargo, hoy parece que solamente se le den muchos conocimientos acerca de sus orígenes y pocos sobre su destino; es impresionante constatar que sea tan lúcido para encontrar los medios y tan ciego
para descubrir los fines.
Por otra parte, se califica la actitud de fe en Dios como cobardía ante el vértigo que produce el sinsentido de la vida. Sin embargo, “es más fácil dejarse hundir en el propio vacío, que confiar en el abismo del misterio santo de Dios, pero no supone más coraje ni tampoco más verdad” (K. Rahner). La sed insaciable de verdad y de amor nos hace decir: “Dios mío, si existes, haz que te conozca” (Beato C. de Foucauld). Esta plegaria, expresión de la pregunta suscitada, tiene su respuesta: es Cristo. “Si él no hubiera accedido graciosamente a ser el camino, todos nos habríamos extraviado. No pierdas el tiempo buscando el camino. El camino mismo ha venido hasta ti. ¡Levántate y anda” (San Agustín).
- En la experiencia de limitación y de plenitud nos hemos encontrado con Dios y también muchos se encuentran con Él. La persona humana es anhelo de inmensidad. Sus deseos de infinito y de plenitud contrastan con su experiencia de limitación y contingencia. Ambas experiencias son de apertura a Dios, porque suscitan el gozo de su presencia, cuando son de plenitud, y porque, cuando son de ausencia, limitación y frustración, nos hacen sentir la nostalgia de dicha y plenitud.
El contacto con la naturaleza, a pesar de su utilización desmedida y tecnificada, y la Experiencia de la belleza, especialmente en el arte y en la música (la música fue el detonante de la conversión de García Morente,
filósofo español en el exilio), dejan entrever y nos hacen saborear la plenitud que encierran; nos abren el gusto y el apetito de vivir, y de vivir en plenitud. Estas experiencias nos hacen remitir al Creador de tanta belleza: “Si la hermosura te encanta, ¿quién más hermoso que quien la ha hecho?” (San Agustín). Por eso, “el que pone su esperanza en lo mundano tendrá más tarde o más temprano que enterrar su esperanza” (T.S. Eliot) y, lo peor, enterrará lo más genuino de su ser: su dimensión transcendente, de continua superación de sí mismo. La conversión a Dios significa “reconocer lo infinito que vive en nosotros, pero que no somos nosotros” (L. Boros), atestiguando que apostar por Dios nos plenifica. Esta conversión a Dios que nos hace dichosos nos la facilita Cristo. En Jesús encontramos la plenitud de lo que somos y viviremos. Con Él nos ha llegado ya la eternidad, ¡acojámosla en Él!
Magníficamente lo expresa el Obispo de Hipona: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.
La conversión a Dios surge en un corazón que entra dentro de sí mismo y que sale también de sí mismo. En la sociedad del “estrés” hay tanto ruido y tanto “sinvivir”, que es necesario pararse y guardar silencio para profundizar en la propia vida y en las relaciones personales. En el silencio se deja aflorar la sinceridad. En el silencio aflora también la humildad y aceptamos con menos dolor y dificultad lo negativo que hay en nuestras vidas. En el silencio estamos más abiertos y cercanos a Dios. Por eso, necesitamos una “cura de silencio”, ante el misterio
de Jesucristo, en el que se desvela nuestro propio misterio. En Jesús el camino de entrar en uno mismo no nos encierra en nosotros mismos, porque ahí nos despierta la propia conciencia moral: voz de Dios, voz la más propia de uno mismo, pero voz que no puede controlar uno a su antojo, sino que se le impone a sí mismo y le sobrepasa.

Al mismo tiempo, necesitamos proyectar nuestra mirada fuera de nosotros mismos, para amar de verdad a los hermanos. El amor a los demás nos emparenta con la experiencia más plenificante: el Amor, es decir, con Dios.
Experimentar al Amor supone, como al buen samaritano, no pasar de largo del hermano más necesitado y hacernos sus prójimos, sus próximos (cf. Lc 10,25-37), para no servirnos a nosotros mismos, sino para servir a los otros.
Jesús nos facilita ambas actitudes de entrar y salir de uno mismo, ya que en Él la acogida hacia todos es incondicional, como podemos percibir en la acogida y el perdón que Jesús brinda a Zaqueo, a Mateo, a la mujer pecadora en la casa del fariseo Simón, … Esta acogida libera de la marginación, de la soledad, de la inseguridad, es una acogida que rehabilita. Jesús, con su aceptación incondicional, nos ayuda a “aceptarnos a nosotros mismos, a pesar de ser
inaceptables” (P. Tillich).
A la luz de Jesucristo descubrimos nuestra vocación y filiación divina. Él es la respuesta al anhelo de felicidad, plenitud y sentido que anida en el corazón humano. En Él damos el primer paso de conversión: una conversión inicial que tiene que forjarse en un seguimiento cercano de la persona de Jesucristo, en actitud constante de conversión. Esta actitud de conversión nos conduce a liberarnos de los “ídolos” que se apoderan del corazón del ser humano: el dinero que se adueña de sus patrones; la sexualidad aprisionada por el egoísmo que la manipula,
como si fuera un objeto de consumo; el poder no puesto al servicio del hombre; los partidismos que pretendiendo encontrar una determinada identidad grupal desprecia a los demás grupos humanos, etc.
Ante estos “ídolos” no cabe sino tomar conciencia de su poder y seducción, y motivar la superación de su gran influjo en el corazón de los hombres, no creyentes y creyentes. Estas cosas en sí no son malas, pero se tornan “ídolos” cuando el corazón humano se apega a ellas. Dios no exige anular lo valioso de estas cosas de nuestras vidas, sino pide hacerse Él más presente en ellas para darles su auténtico valor”. Así Dios nos libera del poder de estos “ídolos”
y adorar solo a Él hace que tengamos una relación sana con las personas y las cosas,
para que éstas sean dignas de nuestro amor. El que ha accedido inicialmente a la
fe en Dios en Cristo tiene empeñada toda la vida en esta lucha contra los “ídolos”.
Esto se debe a la tendencia a compaginar ambos amores, a Dios y a los “ídolos”, tendencia
rechazada por Jesús “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16, 13).

 

9.- OBJETIVOS PORTA FIDEI

* EN PRIMER LUGAR: Introducir a todo el cuerpo eclesial en un TIEMPO DE REFLEXION Y REDESCUBRIMIENTO DE LA FE.
* EN SEGUNDO LUGAR: Invitar a una AUTENTICA Y RENOVADA CONVERSION al Señor, único Salvador del mundo.
* EN TERCER LUGAR: Generar un COMPROMISO ECLESIAL MAS CONVENCIDO EN FAVOR DE UNA EVANGELIZACION. Suscitar en todo creyente la aspiración a confesar la fe.
* EN CUARTO LUGAR: INTENSIFICAR LA CELEBRACION DE LA FE en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía.
* EN QUINTO LUGAR: Volver a recorrer la historia de nuestra fe.
* EN SEXTO LUGAR: Intensificar el testimonio de la caridad:

 

Puedes descargarte esta charla en formato digital pdf haciendo clic aquí.

 

Adaptado de  S. TALTAVULL, Decir Creo, Revista Catequistas 2003, n. 150).

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