La Palabra meditada

La Palabra meditada. 11º Domingo tiempo ordinario. Ciclo B.

San Marcos 4, 26-34

La vida del hombre está regida por lo que se siembra. Es decir, lo que cada uno de nosotros sembramos eso es lo que cosechamos. Si siembro frijoles, no espero una cosecha de maíz, sino de frijoles. Digo esto porque muchos hermanos pasan renegando por lo que reciben de la vida. La pregunta que deberían de hacerse es: ¿que sembré?. Como nos dice 2 Co 5,10: "Pues todos hemos de comparecer a descubierto ante el tribunal de Cristo, para recibir cada cual lo que mereció en la presente vida por sus obras buenas o malas". {jcomments on}

La semilla, una vez en la tierra, brota. Es decir, que la semilla para que dé fruto debe morir, como lo hizo nuestro Señor Jesucristo, que murió en la cruz por cada uno de nosotros y hasta nuestros días seguimos viendo sus frutos.

Si en nuestros hogares nos dedicamos a sembrar la palabra de Dios y somos constantes, estamos sembrando para el Reino de los Cielos. Recibiremos los frutos del Espíritu, Gal 5,22-23: Caridad, alegría y paz; paciencia, comprensión de los demás, bondad y fidelidad; mansedumbre y dominio de sí mismo.

Esto nos lleva a sentirnos más seguros y firmes en la fe que profesamos y empezamos a vivir más del amor, que es quien echa fuera el temor, porque sabemos que somos de Cristo, en quien depositamos toda nuestra confianza. Por eso en Santiago 5,7-8 nos dice: "Tengan paciencia hermanos, hasta que venga el Señor, miren como el sembrador aguarda los preciosos productos de la tierra y sabe esperar mientras caen las lluvias tempranas y tardías. También ustedes sean pacientes y manténganse firmes de corazón, porque se acerca la venida del Señor".

Nuestro Señor nos hace ver una cualidad muy importante, que debe tener todo cristiano para entrar al Reino de los Cielos, que es el ejemplo de lo pequeña que es la semilla de mostaza cuando se siembra y que es la más pequeña de todas las semillas. Así debemos de ser nosotros. Por eso Jesús nos dice en Mt 18,3-4: "Les aseguro que si no cambian y vuelven a ser como niños, no podrá entrar al Reino de los Cielos. El que se hace pequeño como este niño, es el más grande en el Reino de los Cielos". Vemos el caso de Juan Bautista en su humildad, cuando nos dice en Mt 3,11 "Mi bautismo es bautismo de agua y significa un cambio de vida. Pero otro viene después de mí y más poderoso que yo ¿Quién soy yo para sacarle el zapato?". O como nos dice San Pablo en Gal 2,20: "y ahora no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Todo lo que vivo en lo humano se hace vida mía por la fe en el Hijo de Dios, que me amo y se entrego por mí".

Nuestro Señor nos dice que los soberbios serán humillados y los pobres serán ensalzados.

Por esto nos dice que la semilla de mostaza una vez sembrada, crece y se hace más grande que todas las plantas del huerto.

Qué lindo este ejemplo que nos da nuestro Señor, saber que si nos volvemos pequeños tendremos ramas tan grandes que les serviremos de refugio a otros hermanos, que necesitan de sombra, porque no resisten con la temperatura de la vida.

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